No estaba bromeando. No puedo callármelo más: ¡La amo!—Oh, Fernando, ¡béseme!Fernando aguantó la respiración, rodeó —cuanto pudo— a la mujer con sus brazos y la besó apasionadamente. Dando un giro de 180 grados, agarró su desinflado miembro y se lo metió en la boca. No se preocupe —dijo Doña Hortensia, mostrando los restos de espinacas frudesa que durante meses había ido acumulando entre los minúsculos dientes—. Pero a este problema se le añadía otro: el pajarillo dormía y no quería despertar. Veréis. |