En ese preciso instante alguien encendió la luz. Me fijé en su cara. Algo mundano, pero celestial al mismo tiempo. Aunque quizá la desnudez incipiente representada por unas bragas blancas que asomaban ligeramente, fuera lo que más atrajera la atención del indeseable. No obstante, me fijé en que ninguno de los parroquianos se excedía en la ingesta de consumiciones, pues una borrachera no es compatible con las actividades de la alcoba o del ascensor o del coche o del pajar. De sus ojos afloraban unas lágrimas de rabia que hicieron correrse al maquillaje, confiriéndole una apariencia muy deslucida. |