Mojas mis sueños. Me giré elevándome sobre los reposacabezas para otear nuestros vecinos de atrás. No pude remediarlo cuando le sorprendí mirándome sobre sus gafas y sus ojos, como siempre, huyeron tímidos hacia la ventana. Me asomé mirando los dos asientos del otro lado del pasillo. Su mano quedó reposada en el interior del muslo, a medio camino entre la rodilla y mi tanga. Finalmente penetró dulce y el dulce masajeo se prolongó creciendo en el tiempo. |