Entonces se me encendió la luz. Entonces quedé confundido. De nuevo le di al play y mi madre seguía enganchada al rabo de aquel musculoso joven. vecina en cuestión era Maite, una mujer de cincuenta años que vivía en el décimo piso, justo encima de nosotros. Depositamos la caja en la habitación donde se colocaría el mueble. Por mi cabeza corrió la cuestión de cómo había venido ella a mi casa a pedir mi ayuda sin más y cómo mi madre me pidió que la ayudase casi como una orden más que como una súplica. |