Era un hombre bien plantado y cultivado, con exceso de abono tal vez, pero bien podado, cuarentón, un poco amanerado —no mucho—, y de facciones varoniles y ligeramente atractivas. Ambas jóvenes se adaptaron rápidamente a las manías que tenía la mujer, pero se quejaban de la situación de la casa, tan alejada del centro urbano, y de su gran tamaño. Por ejemplo, aquel día en que ambas entraron en el baño estando el pobre Fernando en la ducha. —No bromee con esas cosas —dijo de repente, triste y apocado, con un tono serio, al tiempo que bajaba los ojos en lo que parecía un reflejo ocasionado por la vergüenza del momento, pero que era, en realidad, la fuga al terrible hedor que desprendía la boca de aquella porcina mujer—, se lo ruego. Dando un giro de 180 grados, agarró su desinflado miembro y se lo metió en la boca. Vamos a tener que castigarte…Asustado, el tontorrón de Fernando empujó a los chicas y salió corriendo de la habitación. |