Tengo las copias de las llaves. La charla fue amena, y el pequeño calló para escuchar atentamente mis alabanzas y las reticencias de su madre. Dediqué unos pensamientos al madrileño y a mi Jordi. Volvamos al tema –protesté. Nuestra amistad trascendental y penetrante quedaba rotundamente rubricada, pero la distancia se interponía pocos pasos adelante, inciertamente amenazadora. La madre del enano comenzó a explicar historias de su vida de casada, y de cómo era de duro criar a un renacuajo como el suyo desde que murió su marido. |