Una vez en el baño me abrí la blusa y me la quité para tratar de limpiarla. Uy, qué torpe dije mientras dejaba el zumo en la mesa y buscaba con qué limpiarme. Al poco, como si de repente me percatara de ello, alcé la barbilla, con lo que las gotas resbalaron por mi cuello hasta mi escote. A menos de un metro tenía mis pezones erectos perfectamente visibles frente a el. Jaime me ofreció unos pañuelitos de papel, y procedí, lentamente, muy lentamente, a tratar de recoger las gotas derramadas sobre mi barbilla, alzando la cabeza y mostrando mi busto. Entonces iniciaba las fotocopias, mientras hacía como que esperaba durante las pausas de la máquina. |